lunes, 4 de diciembre de 2017

Desmemoria histórica



Los anuncios publicitarios fueron desapareciendo del mobiliario urbano de las calles de Madrid y en su lugar se podían ver dos fotografías sin mensaje aparente. Ambas eran tomas nocturnas, en una se veía la estatua de La Cibeles de frente con los leones tirando del carro, en la otra, el Templo de Debod. Qué gran gentileza por parte del Ayuntamiento, pensé, habernos liberado a los madrileños de la publicidad en las calles. Pero, a medida que pasaban los días, mis suspicacias fueron creciendo, pues intuía que aquello no iba a durar mucho.
Las fotografías, en efecto, parecían cumplir la función de una carta de ajuste, esa imagen fija de múltiples colores que se emitía por televisión de madrugada hace muchos años, cuando el asedio audiovisual no era tan intenso, y entonces me pregunté ¿por qué no han dejado esos carteles en blanco?, ¿acaso las autoridades municipales temen una epidemia de horror vacui en la población? Quizás, o a lo mejor querían decirnos algo con esas fotografías. Dos bellos iconos de Madrid, iluminados con luces cálidas por la noche, son una invitación a (re)descubrir sus monumentos, que son la supuesta esencia –por no decir la escusa o, directamente, el señuelo- de las visitas turísticas, o quizás a admirar la ciudad o a sentirnos orgullosos de ella. Quien sabe, pensaba, pero yo habría preferido que hubieran dejado todo en un blanco puro, no como aquella vez, hace años, que el banco ING se anunció en esas mismas marquesinas con un cartel en blanco, sí, pero en el que se podía (y se debía, pues ese fue el gran acierto del publicista sarcástico que lo ideó) leer en letras muy pequeñas en los bordes: “Hemos liberado este espacio para ti”.
En lugar de retirar el mobiliario urbano que servía de soporte a la publicidad y librar de verdad a la ciudad de su sempiterno engaño, los sustituyeron por otros más modernos. Y para que quedara claro el signo positivo de la actualización, los primeros anuncios ilustraban acerca de la novedad con mensajes que imitaban los de Whatsapp. Uno de ellos, el más largo, decía así: “Hola, soy el nuevo mobiliario urbano. Ahorro energía, soy más eficiente, sostenible, reciclable… También me encanta contar cosas, bueno, es que es básicamente a lo que me dedico. Y eso que dicen que la gente no se para a leer los textos largos. Aunque fíjate, lo mismo estás ahí esperando y te pones a leerme, y, oye, pues aquí los dos tan a gusto, ¿no? Eso sí, no oigo nada. Pero nada. Así que es mejor que hable yo solo porque si no esto va a ser raro o por lo menos va a parecerlo. Vale, pues el caso es que se vino a”. Si la propaganda que iba a mostrarse de ahora en adelante en los nuevos soportes no nos gustaba, al menos nos quedaba el consuelo de admirar el avance tecnológico encarnado en los mismos. Y además ¡eran sostenibles! El criterio que siguieron en el Ayuntamiento para afirmar esto lo desconozco, pero hay que reconocer que las pantallas planas que hoy, consumada la operación, emiten anuncios incesantemente en los mismos lugares y del mismo tamaño que los antiguos carteles, son mucho más atractivas.
Entre tanto, el misterio de las fotografías de la diosa Cibeles y del templo de Debod quedó desvelado cuando destaparon los nuevos y flamantes artilugios. Tanto una como otro anunciaban la continuidad del orden establecido, íbamos a seguir adorando al mismo dios del Progreso en los mismos templos del Mercado.
Además, como la coalición de partidos que gobierna el Ayuntamiento no es de izquierdas, según la mayoría de los dirigentes de esos partidos, no hubo sarcasmo alguno en su acción (o ¿sería mejor decir “inacción”?, pues seguramente, en aquella operación de propaganda acerca de la propaganda, y aunque los mensajes estuvieran firmados por el Ayuntamiento, éste se dejó guiar por los publicistas que diseñaron la campaña). Como tampoco debe haber sarcasmo, por cierto, en el hecho de que este mismo Ayuntamiento acabe de aprobar la construcción de una ciudad financiera en torno a la estación de Chamartín con el objetivo declarado de atraer a grandes empresas multinacionales y bancos de inversión.

miércoles, 9 de noviembre de 2016


                                                       Yo soy yo y mi circunstancia

viernes, 4 de noviembre de 2016

                                                   La revolución educativa

Propaganda de Google y Samsung con forma de noticia: http://tecnologia.elpais.com/tecnologia/2016/05/13/actualidad/1463136228_177046.html. Si en todos los lugares donde aparece la palabra “experto”, se dijera “experto en dispositivos electrónicos”, la trampa de la noticia quedaría totalmente al descubierto, pues no se cita ningún otro tipo de experto.
En las aulas inteligentes, en lugar de libros, se usan tabletas digitales para “gestionar las clases y potenciar la innovación”. Pero, ¿cuál es el objetivo de la innovación? Ninguno concreto, pues es un fin en sí mismo, como lo son la felicidad, la amistad o el amor, ya que se trata de que las personas se enriquezcan a sí mismas innovando. Así, cuando el día de mañana se incorporen al mercado de trabajo podrán disfrutar innovando al mismo tiempo que trabajan, sin importarles que los productos innovadores que ayuden a crear en sus empresas sean la base del capitalismo actual (y futuro, es de suponer): sin innovaciones permanentes, es decir, sin productos nuevos que se conviertan en viejos en el mismo momento de su adquisición por parte de los consumidores y que no harán otra cosa más que aumentar los deseos de consumir más innovaciones, la rueda loca del sistema económico no podría seguir girando cada vez a mayor velocidad.

            Dice un experto citado en la noticia que “la mayoría de nuestros centros no han cambiado nada en dos o tres siglos. Allí se están formando los profesionales del futuro, así que tienen que estar adaptados a las necesidades actuales.” Y lo primero que se le viene a uno a la cabeza es que si dichos centros han aguantado tanto tiempo sin cambiar debe ser porque algo bueno debe haber en ellos para que sigan funcionando sin que las autoridades competentes hayan hecho nada para modificarlos. Pero esta es una visión caduca y errónea, dirán los expertos en tecnologías educativas, porque en realidad las inercias del mundo real son muy fuertes como para poder cambiar lo que se lleva haciendo mal durante siglos. Y el argumento definitivo se ve en la segunda afirmación del citado experto: “adaptación a las necesidades actuales”, que no son ya las matemáticas, la lengua o la historia sino los medios que se deben usar para aprender las mismas. Si el medio es suficientemente atractivo, las materias de estudio lo serán automáticamente, por eso insisten en que, de todos los beneficios que aportan las nuevas tecnologías al aprendizaje, el más destacable es la motivación de los alumnos, como atestigua la profesora Silvia Casquete: “Antes les decías a los chavales que sacaran el libro por la página 36 y la respuesta siempre era ¡Qué rollo!. Ahora no hace falta que les pidamos nada y ya está la tableta encima de la mesa para trabajar.” Además de todo esto, al estar “adaptados a las necesidades actuales”, podrán adaptarse mucho mejor a las necesidades futuras, cuando ya sean trabajadores, y de esta forma ser más productivos y estar más integrados en la sociedad.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

                                                        Es el progreso, ¡idiota!


El nuevo jefe de la sección de opinión en el periódico El País, José Ignacio Torreblanca, hace unos días defendía a ultranza la globalización en su breve artículo “Ideas de romano” (http://elpais.com/elpais/2016/10/19/opinion/1476886069_846397.html). Es curioso que él mismo contravenga los consejos que dan en la propia sección de opinión del periódico, donde se puede leer una guía básica sobre cómo “colaborar” con ellos en la que se afirma que “los argumentarios y los manifiestos no son bienvenidos”, pues resulta evidente que la columna del señor Torreblanca tiene pocos y torticeros argumentos, pero sí es un manifiesto muy breve a favor de la globalización.
                En su columna echa mano de la única, que yo recuerde ahora mismo, “píldora” de ideología conservador de la película La vida de Brian, que, sin embargo, es una divertida e irreverente película sobre la vida de Jesucristo.  En una reunión clandestina de una célula revolucionaria judía que quiere acabar con la ocupación de los romanos en Judea, el jefe pregunta retóricamente “¿Qué han hecho los romanos por nosotros” y recibe sucesivas respuestas de los militantes que acaban desbaratando la intención inicial de la pregunta. Lo cual da lugar a la situación cómica en la que el mismo jefe que preguntó acaba diciendo “Vale, vale, aparte del acueducto, el alcantarillado, las carreteras, la educación, la seguridad y la paz, ¿qué han hecho los romanos por nosotros?” y entonces contestan todos “Nada, nada”. Y digo que la escena es en el fondo conservadora porque se da a entender que dichos revolucionarios no quieren ver la obviedad del progreso que la invasión del Imperio les trajo y seguir, por tanto, con sus nuevas y buenas vidas. Pero resulta que los romanos no pidieron amablemente cambiarles sus costumbres sino que las impusieron por la fuerza de las armas, con toda la carga de sangre y sufrimiento que conllevó para su pueblo. Pedirles a los romanos que se volvieran por donde habían venido a pesar del bienestar material que les habían traído -el cual, por cierto, podrían seguir administrando los judíos por su cuenta sin necesidad de tener a los dominadores gobernándoles-, sería muy desagradecido por su parte, según la visión progresista y vencedora del asunto. Claro está que nada de esto cabe en la escena cómica de la película para que pueda seguir siendo cómica.
                Dice Ignacio Torreblanca que España es uno de los países que más se ha beneficiado de la globalización y es cierto, pero se olvida mencionar que no todos, dentro y fuera de España, se han beneficiado igual ni de la misma manera, y que además, en el lado de los costes, también ha sufrido y sufre la violencia de la misma; aunque España, como “país rico” que es, sufre un tipo de violencia menos descarnada que la de la mayoría de países pobres. Cito a continuación unos párrafos (páginas 216 y 217) del libro Raíces económicas del deterioro económico y social, del economista José Manuel Naredo (Editorial Siglo XXI):
                “No todos los países pueden beneficiarse a la vez de una relación de intercambio favorable, como tampoco todos pueden ejercer como atractores del ahorro del mundo. Al igual que no todas las empresas pueden salir triunfantes en la pelea de la competitividad, ni menos aún en el juego de fusiones y adquisiciones en boga. La necesidad de las empresas de emitir dinero financiero para comprar otras empresas y de crecer en tamaño para dificultar ser compradas por otras se presta bien a la metáfora depredador-presa. No en vano el vicepresidente y consejero delegado del principal grupo bancario español reconoció que “las fusiones entre iguales […] son escleróticas por no crear valor” y se mostró partidario de las adquisiciones que denominó “darwinianas”: “esas son las buenas, las que crean valor” (Saenz, 2005). Cabe constatar que la figura del empresario tradicional con finalidad productiva se ha desplazado hacia la de los nuevos condottieri de la competitividad y las finanzas, cuya práctica empresarial parece inspirarse más en Maquiavelo que en Smith. Así lo prueba el libro Maquiavelo: Lecciones para directivos (Jay, 2002) publicado por una editorial especializada en economía de la empresa, evidenciando que los consejos de Smith se revelan poco operativos para las prácticas empresariales de nuestro tiempo.”
[…]
“La polarización social y territorial que se observa a todos los niveles de agregación llega a escindir también los patrones demográficos entre países, entre regiones y entre barrios ricos y pobres de acuerdo con los modelos antes indicados. En efecto, en Naredo (2005) se confirma que, en el último cuarto del siglo XX, las curvas de supervivencia y las curvas de natalidad por edades de la población de la mayoría de los países ricos y pobres se ajustaban, respectivamente, a las típicas de depredadores y presas, encontrándose en posiciones intermedias los países llamados en “vías de desarrollo”. Y, como hemos indicado, la polarización social y territorial se proyecta también dentro de los países e incluso dentro de las ciudades, haciendo que la esperanza de vida caiga, en los barrios desfavorecidos de los países ricos, por debajo incluso de la media de los países más pobres.”
Esto que escribía Naredo en 2007 se refiere a la globalización económica que se inició en los años setenta y que no tiene parangón con el tipo de economía de mercado que existía en Europa y EEUU, principalmente, entre el final de la Segunda Guerra mundial y los citados años setenta, por mucho que sea su origen. Esta época es conocida entre los historiadores como los “treinta gloriosos”, que fueron los años en que en Europa, además de reconstruirse la economía de mercado, se creó el llamado estado de bienestar, que, entre otras cosas, instauró la base social de la economía: educación, sanidad y pensiones públicas y de calidad, además de trabajos estables y, en buena medida, también públicos. Todo esto, que, por otro lado, tampoco pudo ocurrir sin unas obvias relaciones de injusticia entre los países ricos de Europa (y EEUU) y el resto de países pobres con los que se comerciaba, es lo que se ha ido desmontando en la fase actual del capitalismo, es decir, desde mediados de los años setenta hasta hoy. Pretender, como hace Torreblanca en su articulillo, convalidar esta “segunda globalización” con los avances en las condiciones de vida de los ciudadanos (españoles, en este caso) durante la “primera globalización”, es un dislate.

La última y definitiva prueba de lo desacertado de la comparación por parte de nuestro articulista la encontramos al final, cuando, para definir el bienestar actual, nos habla de las grandes ideas de nuestro tiempo: “Facebook, iPhones, Internet, Ryanair, coches eléctricos, Pixar, …”, dice. Es muy revelador que cuatro de estos seis ejemplos que pretenden dar idea de los productos o servicios que hacen de nuestra vida globalizada una buena vida sean directamente nombres propios de compañías globales, cuya sola mención hace acallar discrepancias porque son el oráculo moderno, el progreso mismo. En esto, el señor Torreblanca coincide con el sentido común de cualquier capitalista integrado –el cual puede ser, como de hecho es, cualquiera, aunque no tenga donde caerse muerto-, como me recordó un alto ejecutivo cuando yo mantenía una conversación con él sobre estos temas hace tiempo: me enseñó su iPhone y me dijo “Esto es el progreso”. En fin, ante la terquedad de los hechos sólo cabe callar y asentir.

viernes, 21 de octubre de 2016

                                                            Más patrañas                          
            
           Después de la anterior campaña publicitaria del banco Sabadell, que titularon Nuevos tiempos y que iba dirigida a la gente y a las empresas en general (ya conté cómo uno de los anuncios televisivos de la misma me cambió la vida, por cierto), en la que se trataba de que mirásemos el futuro con confianza y optimismo a la vez que se reforzaban los “valores” de proximidad, confianza y compromiso con los clientes, nos sorprenden ahora con otra que se llama 100 respuestas inmediatas. Esta vez se trata de dirigirse a todo aquel que tenga un negocio, un comercio o sea autónomo, con la intención declarada de “desplazarse para nuestras necesidades”. Para ello nos muestran las respuestas “naturales e improvisadas” de una serie de personalidades españolas que aparecen, como es habitual, en primer plano y en blanco y negro, y de esta forma intentan producir cierta sensación de “veracidad”.
          En realidad no importa que dichos anuncios vayan dirigidos a trabajadores o a empresarios, pues, como dice el filósofo Antonio Valdecantos, sin ningún asomo de ironía, los empresarios son los que más trabajan y los trabajadores son también empresarios, especialmente en sus “vidas privadas”. Así que todos nos podemos beneficiar de los mismos consejos prácticos.
          Una de esas conversaciones con respuestas inmediatas se puede ver en Internet y tiene al exjugador de baloncesto Fernando Romay como interlocutor; dice así:

0:05 ¿Qué es lo que podría salvar el mundo?
0:08 La humanidad
0:10 Sí, sí... La conciencia. Que la humanidad tome conciencia de que tiene que salvar el mundo
0:15 Parece que últimamente lo único que quiere es solo salvarse su...
0:20 ¿culo se puede decir?

Dejemos a un lado el sarcasmo horrible que significa que el banco Sabadell diga que lo único que quiere alguien (la humanidad, en este caso) es salvar su culo, cuando fue este mismo banco el que compró la Caja Mediterráneo (CAM) en 2011 a precio de saldo (un euro) para ganar cuota de mercado sin importarle lo más mínimo que el Estado hubiera “rescatado” previamente dicha Caja y saliera perdiendo (por varios miles de millones euros) con la operación. Si yo hubiera tenido que responder a esa pregunta del Banco, habría preguntado primero ¿Salvar el mundo de qué?, pero comprendo que, cuando el objetivo es la inmediatez, no caben preguntas por parte del que responde, con lo cual yo habría respondido seriamente: “Está claro: ¡los superhéroes! Apenas llevan ochenta años intentándolo, pero démosles tiempo, que la empresa no es fácil”. Por otro lado, es innegable que el toque de naturalidad lo aporta el Banco insinuando la palabra culo, que nos cuela con un alley-oop Romay magistralmente. Para terminar de glosar la pieza de inmediatez y naturalidad en que consiste esta conversación, voy a citar textualmente unos párrafos del libro “La excepción permanente” (Díaz & Pons Editores) del profesor Valdecantos, que pertenecen al capítulo “Keywords para el súbdito tardomoderno”:
          “Toda época y todo espacio están atados a cierto repertorio de conceptos de uso obligatorio que forman una tópica a menudo difícil de describir, y en ocasiones muy resistente a cualquier inspección lúcida. Siempre hay, en efecto, un diccionario de conceptos vigentes que no son meras palabras dotadas de significado, sino dispositivos de placer, ingenios de destrucción, aparatos de vanidad o máquinas de tortura. No cabe, por ejemplo, usar las palabras “información”, “proyecto”, “vivencia” o “flexibilidad” sin prestar acatamiento a órdenes despóticas, y por lo general imbéciles, comprendidas en el corazón de cada uno de esos términos, verdaderos centros de potestad que gobiernan entendimientos y voluntades con mano de hierro candente. Como los hados, las keywords guían a quien les obedece y arrastran a quien se les resiste.” […] “Lo único inteligente y honrado que cabría, si fuera posible, con este género de palabras es no usarlas nunca, y lo deseable, no haberlas usado jamás.” […]
         “La autoridad de los modernos se asienta en eso a lo que, con un carácter sacral semejante al que tenía el de los antiguos, se llama conciencia, un órgano sabedor de lo que se debe hacer y evitar hacer, y que ha de autorizar acciones y omisiones, aunque carezca de cualquier capacidad físicamente coactiva, salvo la poseída por las potestades que sigan sus consejos.” […]
         “Contra lo que creyó Arendt, los tiempos modernos no han eclipsado la autoridad; tan sólo han inventado una nueva a su medida. O, mejor dicho, han forjado dos: una verdadera y otra falsa. La versión moderna de la autoridad tendrá que asentarse en una destilación de la idea del yo que permita investirlo de atributos sacrales y tratarlo con toda la distancia exigida por lo numinoso. Tal cosa sólo puede parecer una quimera a quien ignore que para la modernidad no hay empresas imposibles: el respeto que el propio yo reclama para sí en cuanto soporte de una “humanidad” sagrada es fundamento suficiente para la erección de una forma de autoridad que se distinga netamente de cualquier poder, y que se acople con las potestades de hecho en manera parecida a lo que en la República romana ocurría con la auctoritas y la potestas. El propio yo podrá ser para los modernos materia de exhibición impúdica, de disciplina férrea, de dispendio inmoderado, de aplicación tecnológica, de expresión compulsiva, de aprovechamiento casi pecuario, de transgresión festiva de cuidado escrupuloso o de la más metódica de las investigaciones, pero también permite ser usado como fuente de una seguridad incuestionable, necesaria para convalidar cualquier acto de poder. Basta con que lo mandado no lesione la conciencia del súbdito para que obtenga la autorización que necesita. Repárese en las leyes que amparan la llamada objeción de conciencia, las cuales son, en realidad, el más poderoso agente de autoridad del que quepa echar mano: si hay cierta clase de obligaciones cuyo cumplimiento puede declinar el súbdito por motivos de conciencia, se sigue que todas las demás están autorizadas por esta instancia, y en rigor no se exige nada más para que la cruda potestad reciba el respaldo de la forma moderna de la auctoritas.”

Otra respuesta inmediata a una pregunta del Banco nos la da el tenista Rafael Nadal, y ésta no es necesario buscarla en la Red porque la podemos ver actualmente en varios anuncios en la vía pública, al menos por Madrid. Ahí va:

      - ¿Qué es lo primero que haces cuando te levantas?
      -  Apagar el despertador

     Breve, pero llena de sabiduría. Por una parte, si atendemos al sentido normal de la respuesta, que se refiere a lo que hace Nadal al despertarse (y no al levantarse), nos está diciendo Ya veis, soy como cualquier otro trabajador, apago el despertador y me levanto. Pero, por otro lado, si nos fijamos en el sentido literal de la pregunta y la respuesta, resulta que Nadal oye el despertador, después se levanta y finalmente lo apaga. Es raro, sí, pero aquí está una de las claves del éxito deportivo -que es en realidad el espejo del éxito laboral y empresarial en que toda persona que quiera triunfar en la vida debe mirarse -, sí, levantarse de un brinco de la cama en cuanto suena el despertador, sin remolonear, con la actitud positiva y enérgica que se necesita para afrontar un día de trabajo duro.

martes, 11 de octubre de 2016

Los retos te harán feliz

      Un día vi un anuncio del Banco Sabadell por televisión en el que aparecían dos actores, José Coronado y una chica joven, conversando mientras caminaban por una ciudad. Él le decía a ella: “La vida no es conseguir un objetivo sino luchar por conseguirlo, ahí es donde se es feliz, porque cuando consigues el objetivo ya no eres feliz. Lo que te da la felicidad es luchar por ese objetivo, pienso yo, ¿sabes? a mí me pasa…” Después me fui a la cama y, al desvestirme, le di sin querer una patadita a una de mis zapatillas de felpa y se coló debajo de la cama. Tuve que agacharme para recogerla y ponérmela, y, entonces, las palabras de José Coronado volvieron a mí como un fogonazo de luz. Me dormí rápidamente, pero tuve un sueño intranquilo.
     A la noche siguiente le di un patadón a la zapatilla para que se colara bien adentro bajo la cama. Me agaché con rabia y repté alegremente hasta alcanzar la zapatilla. Así me entretuve durante varios días seguidos hasta que una noche salí al balcón y tiré con disimulo una de las zapatillas a la calle. Salí corriendo escaleras abajo con un pie descalzo y recuperé la zapatilla. Aumenté la hazaña –y el placer que me producía realizarla- al día siguiente tirando las dos zapatillas y esperando dentro del portal a que pasara alguien por la calle y se las llevara, pero no hubo éxito y tuve que recuperarlas sin más. A la noche siguiente, sin embargo, repetí la operación y, después de esperar más de una hora con los pies helados de frío, pasó un mendigo que recogió las zapatillas. En ese momento salí y le empecé a gritar insultándole por ladrón, pero salió despavorido tirando las zapatillas al suelo. Me habría gustado que el hombre hubiera ofrecido un poco de resistencia, pero de todas formas disfruté mucho.
      Cuando se me acabaron las ideas, decidí pedir ayuda a mi mujer. Fue ella la que propuso esconder las zapatillas para que las buscara antes de acostarme. Las primeras veces no me costó mucho encontrarlas, hasta que llegó el día en que no las pude recuperar. No perdía la esperanza, aunque a veces, de madrugada, caía rendido y sólo dormía unos minutos antes de que sonara el despertador para ir al trabajo. Pese a todo, la gente me decía que se me veía muy feliz, y yo asentía con una sonrisa, pero no les desvelaba el secreto de mi éxito.
Empezaba a aburrirme con el juego cuando de pronto un día vi otro anuncio, de un coche (un Audi, creo), en el que decían: “Quiero ser astronauta, dibujo animado, especialista de cine, pirata, estrella de rock, o de jazz, hombre invisible, mago... Quiero hacer submarinismo, equitación, skate...Quiero tener un late night, un club de fans, una mascota, un superpoder, un arco láser, y encontrar el amor de mi vida dos, tres veces. Pero en esta vida no puedes tenerlo todo, ¿o sí?” Y he visto la luz de nuevo: encontrar el amor de mi vida dos veces, tres, etc. ¡Esto sí que es un desafío a mi altura! Sé que puede ser difícil planteárselo a mi mujer, estamos bien juntos, pero debo hacerlo cuanto antes porque sé que, en el fondo, ella desea tanto como yo liberarse para encadenarse infinitas veces. Quizás esto no tenga nada que ver con el amor, pero nosotros siempre estuvimos de acuerdo en las cosas importantes; y si tenemos que separarnos, que así sea.

sábado, 8 de octubre de 2016



Mito: un dios bueno creó el mundo con su aliento de espuma marina.
Apócrifo: el aliento era en realidad un eructo.




La "verdad".

jueves, 6 de octubre de 2016



Dos ojos deformes y excéntricos miran el amanecer sin querer ver el Sol, su esencia supuesta, y ven un paisaje bello.

lunes, 11 de julio de 2016

Habla un experto

Por casualidad he visto esta entrevista que le hicieron en TV3 a un tal Jaume Miquel, especialista en realizar encuestas electorales y, por lo visto, uno de los pocos que pronosticó correctamente los resultados de las elecciones generales del pasado 26 de junio. El problema es que en la entrevista da su opinión acerca de las causas del resultado electoral saliéndose de su ámbito “técnico” y es entonces cuando se equivoca de manera estrepitosa. Esto del “técnico-especialista” o “experto” que habla de cosas que en un principio están relacionadas con su tema, pero que en realidad lo exceden y acaban diciendo trivialidades, en el mejor de los casos, o auténticos disparates que, sin embargo, muchas veces parecen de sentido común, esto, decía, es el pan nuestro de cada día, pero no por ello hay que dejar de criticarlo.
Lo que sí me parece interesante es esa explicación a penas esbozada en la pregunta del primer contertulio (Puigdet, creo que se llama), cuando habla de la volatilidad de las ideas y, por consiguiente, del voto en esta "sociedad líquida" (Zygmunt Bauman dixit). Esto mismo pensé yo hace días, o sea, si no sería la posmodernidad rampante la que podría explicar en alguna medida lo que ha pasado en las elecciones. Por supuesto, el señor Jaime Miquel lo rechaza de plano, diciendo "Lo que nosotros hacemos funciona", refiriéndose a sus encuestas, y digo yo, sólo le faltaba haber añadido: "...y todo lo que caiga fuera de nuestra malla de análisis determinada científicamente no vale la pena si quiera considerarlo".
Habrá gente a la que le parezca que decir que nuestro problema es, en parte, que somos unos frívolos posmodernos, significa menospreciarnos a nosotros mismos. Pero digo yo que menospreciar a quien cambia de ideas constantemente consiste en negarle el saludo, no escucharle ni darle la palabra, insultarlo, o cosas parecidas y peores que éstas, las cuales nada tienen que ver con afirmar lisa y llanamente que alguien cambia de ideas constantemente. Esta afirmación, por supuesto, puede ser falsa, pero nada más. Alguien que afirme hoy o en 1933 que los resultados de las elecciones que dieron el poder a Hitler democráticamente revelaban las ansias de venganza contra los ganadores de la I Guerra Mundial o el odio profundo hacia los judíos de, al menos, una parte del pueblo alemán, estaría diciendo algo muy grave sobre aquellas personas, pero algo que es verdad en cualquier caso, y desde luego no estaría menospreciando a nadie, pues bastante desprecio se hicieron ya aquellas gentes así mismas cuando actuaron de la manera que todo el mundo conoce. En fin, sólo quería recordar aquí que sobre las cuestiones demostradas y razonables (aunque luego resulten no serlo a luz de otras razones) no conviene aplicar el rodillo de la moral ni de la santa indignación, tan española ésta, para que desaparezcan de la vista o del oído.
En esta línea, he oído decir que, por ejemplo, el partido Podemos “ha pecado de inmediatez y fórmulas mágicas con mucho efecto”. Y estoy de acuerdo, porque vaya que si ha pecado Podemos de eso y de travestismo continuo, pero no con pecados de los que se quitan rezando tres avemarías y un padrenuestro, sino que más bien es su pecado original, el que lo constituye y le da vida. Y que conste que les voté, con la nariz tapada por un pañuelo empapado en alcohol, pero les voté.
En cuanto a la exaltación por parte de este señor, Jaume Miquel, de lo nuevo que se supone que representa Podemos (y Ciudadanos, ¡cómo no!) cuando dice, por ejemplo, que hemos pasado de la generación del caudillismo bipartidista a la generación que se interesa por la cosa pública, y que además esto ha sido propiciado por el 15M y los ciudadanos nuevos que se crearon a partir de entonces, pues bien, respecto a toda esta palabrería no estaría de más recordarle hechos tan vergonzosos como que los señores Pablo Iglesias y Juan Carlos Monedero, y alguna más de su gente, recibieran financiación de una cadena de televisión iraní (Irán, ya se sabe, ese país defensor a ultranza de los derechos de las mujeres) para su programa de televisión hasta un mes antes de las elecciones del 20 de diciembre de 2015 (http://www.abc.es/espana/abci-pablo-iglesias-cobro-iran-hasta-menos-antes-elecciones-201601290201_noticia.html), y, al mismo tiempo, se declaren un partido feminista. Maquiavelismo puro y duro, claro. Cosas como ésta hacen pensar que en realidad lo nuevo nació viejo, como seguramente no podía ser de otra manera.
Los cambios que, en principio, traerían un gobierno de izquierdas en España serían muy deseables, aunque sólo fueran por comparación con lo que ha hecho y seguirá haciendo la derecha, pero viniendo como vienen lastrados algunos partidos (Podemos, otra vez) con los nacionalismos (estos no parecen ser un lastre para ellos sino parte de su peso propio constituyente, del que incluso se enorgullecen), no se sabe cómo podría acabar la cosa. Sin embargo, el cambio más necesario, embridar ese caballo desbocado que galopa hacia el abismo y que se llama Capitalismo, me temo que no lo veremos. Ese caballo es un animal monstruoso que excede las fuerzas humanas, así que no digamos las solas fuerzas de España.
"La revolución tecnológica ha hecho transparente la gestión del mundo" es otra de las grandes frases que pronuncia Jaume Miquel, a mi juicio, vacías. En lugar de eso, la revolución tecnológica está haciendo transparente a muchas grandes empresas la vida privada de las personas, con su consentimiento y sin él, como demostró Edward Snowden. ¿A estas revelaciones (u otras, como las de Wikileaks) se refiere Jaume Miquel? Estas revelaciones han ocurrido siempre por unos medios u otros, pero de ahí a decir que la gestión del mundo se ha hecho transparente... Si lo que se quiere decir con esa expresión es que hoy conocemos cómo nos gobiernan las grandes empresas y los gobiernos nacionales gracias a la tecnología, yo diría que no, que es más bien gracias al (buen) periodismo, por mucho que se valga de medios electrónicos para ello. Pero además, para adquirir ese conocimiento hace falta leer y pensar, lo digo porque la palabra "transparencia" en esa frase y en otras de ese jaez, da a entender que sólo hace falta mirar hacia el objeto en cuestión y asimilarlo automáticamente con la mirada, y, claro, nada más lejos de la realidad. Hoy, como siempre, para saber algo acerca de cómo funciona el mundo y que no nos engañen como a chinos hace falta tomarse tiempo y dedicar esfuerzo para aprenderlo.
Aún diría más, en el terreno de la información, aunque no sólo ahí, las nuevas tecnologías hacen más opaco el mundo, entre otras cosas, porque estamos sometidos a aquello que ya cantaba hace años Paul Simon (en su disco maravilloso Graceland): “…staccato signals of constant information…”



domingo, 10 de julio de 2016

                       Sobre la moderna psicopedagogía


He encontrado por casualidad una entrevista a Ricardo Moreno, que fue mi profesor en segundo de carrera, y de quien recuerdo perfectamente que nos dijo un día: "Yo soy profesor en un instituto, o lo que es lo mismo, me dedico a domar fieras". El hombre era muy amable y buen profesor, y además se pasó de bueno en el examen porque lo puso bastante fácil y dio varios sobresalientes. El caso es que estoy muy de acuerdo con sus opiniones: http://www.elmundo.es/sociedad/2016/02/26/56cf824346163fe7468b45b5.html.

Hay quien piensa que la escuela debe tener en cuenta las necesidades de los alumnos y las dificultades de las personas de clase baja, argumentando que la escuela está pensada para el “saber-hacer de la clase media y alta”. Yo pienso que las necesidades de los alumnos con necesidades especiales se atienden bastante bien desde hace años, aunque los recortes en Educación han tenido un impacto importante. Pero, dicho sea de paso, atender las necesidades de los alumnos, así en general, suena, no por casualidad, a atender las necesidades de los clientes, que es uno de los falsos principios del capitalismo moderno. Volviendo al tema, y dejando a un lado los efectos de la gestión de la crisis (y no de la crisis sin más, como se suele decir), el hecho cierto es que hay más gente de clase baja que de otras clases que obtiene los peores resultados académicos y que abandona la escuela, y esto no se debe a una mala aplicación de la pedagogía por parte de los profesores, creo yo, sino más bien a la poca importancia que se le da a los estudios en esas casas (¡ojo! que no estoy culpando a las familias sin más, pues soy consciente de los condicionantes sociales) y a los barrios donde suele vivir mayoritariamente la gente de clase baja, que determinan enormemente el nivel académico en las aulas. Para lo primero, la única solución que se me ocurre es escolar, que haya más refuerzos y menos alumnos por clase me parece fundamental; y para lo segundo, hace falta una política urbanística distinta, en la que se mezclen en todos los barrios gentes de todas las clases, como, por lo visto, ocurría en París hace 40 años, antes de que se abandonara a la gente (inmigrantes, principalmente) a su suerte y se dejaran crecer desmesuradamente las banlieues con gente pobre, hasta llegar, voila!, al problemón que tienen allí, por poner un ejemplo.  
Es decir, una cosa es la cuestión académica y otra la social, y aunque ambas están relacionadas, hay que buscar soluciones para no deteriorar el nivel educativo en las escuelas. Estas soluciones, que tienen que venir por la vía de la políca principalmente, son bastante más complejas y caras de lo que piensan y proponen los psicopedagogos.
También se oyen continuamente alegatos contra la memorización de cualquier cosa, pero es indudable que para llegar a saber un poco sobre alguna materia hace falta memorizar, pero no para vomitarlas como un papagayo el día del examen, sino porque a uno le resulten interesantes, y esto ya depende de dos cosas: que el profesor sepa enseñar bien y que el alumno tenga cierta predisposición a aprender o, por lo menos, no rechace todo lo que le cuentan en la escuela. El esfuerzo no es un valor en sí mismo, pero cuando una asignatura no te gusta, y siempre las habrá, no queda más remedio que esforzarte, y todo lo demás, como lo de aprender jugando (más allá de los primeros cursos y sólo a ratos), aprender a aprender (más allá de las dos o tres técnicas de estudio que se pueden aprender, pero los pedagogos no se refieren a esto) o dejar que los niños descubran las leyes de la Física por sí mismos (la experimentación está bien, pero sin el conocimiento teórico que requiere horas de estudio, no sirve para nada), son locuras de psicopedagogo. 
En Francia, las Hautes Ecoles han hecho muy bien dejando la forma clásica de enseñar como estaba, igual que en Oxford y Cambridge han acertado al no querer implantar Bolonia en sus aulas. El nivel de la enseñanza media y de la Universidad bajó en España a partir de finales de los setenta, como seguramente no podía ser de otra forma, gracias a la democratización de las instituciones de enseñanza, pero a partir de los años noventa, cuando los psicopedagogos irrumpieron en escena, la cosa empezó a caer en picado, y eso ya no era necesario. Por cierto, acerca de cómo las Universidades se están convirtiendo en jardines de infancia, recomiendo encarecidamente el libro "El saldo del espíritu" de Antonio Valdecantos.
Para intentar demostrar lo contrario de lo que yo sostengo aquí apoyándome no en datos y estadísticas sino en las opiniones de profesores que, como Ricardo Moreno, han dado clase durante muchos años, es decir, para intentar demostrar que el nivel educativo no ha bajado en España durante las últimas décadas, que a nadie se le ocurra acudir a los famosos informes PISA, ni a nada parecido, entre otras cosas porque estos informes los elabora la OCDE, que no es precisamente una organización que destaque por su interés en eso del desarrollo espiritual e intelectual pleno de las personas, sino más bien en el rendimiento de las mismas de cara a su inserción más eficaz en el mercado laboral. Es fácil imaginarse que el nivel de las pruebas PISA, pero no los resultados de las mismas, habría variado sustancialmente si se hubieran empezado a hacer hace 30 o 40 años, y que esto, por otra parte, a la OCDE le habría dado exactamente igual. En la Wikipedia se dice lo siguiente sobre dichas pruebas: "Las soluciones de los estudiantes se registran digitalmente y se envían al centro del proyecto internacional en Australia, donde se evalúan. Ahí, las preguntas y los problemas se califican como “correctos” o “incorrectos”. Según la cantidad de estudiantes que hayan respondido un problema de forma “correcta” se define la “dificultad” del problema. Dependiendo también de la cantidad de problemas que haya resuelto un estudiante, se reconoce un margen de valores de competencia “plausibles” en el mismo".

Como mencionaba al principio, hay gente que sostiene que es muy arbitrario lo que se valora en la escuela y que quienes lo deciden son muy a menudo gente de clase media-alta y urbanita. Al final, dicen, el ideal es un joven de ciudad con un titulo de ingeniero y que sabe de historia y literatura, y parece, continúan diciendo, como si ser culto fuese fundamentalmente tener conocimientos en ciencias sociales, saber de ciencias o tocar un instrumento, y que saber cultivar un huerto o coser, por ejemplo, es menos lucido.
A quien piensa así yo le diría que en la escuela (y no en la formación profesional, donde sí se enseña costura, horticultura, ganadería, albañilería, carpintería, etc), por muy variadas que parezcan las "cosas que se valoran", es decir, que se enseñan y aprenden, yo no creo que sean en absoluto arbitrarias, ya que desde la historia hasta las matemáticas, pasando por la música o la pintura, resulta que lo que tienen en común (o deberían tener, ya que hoy en día se imparte toda clase de morralla en pie de igualdad con las asignaturas clásicas) todas ellas es la pertenencia al mundo del espíritu, mientras que coser o cultivar la tierra son "hijas de la necesidad", lo cual no quiere decir que uno no pueda disfrutar practicándolas, por supuesto. La escuela es, para muchos, el primer y único contacto con las materias del espíritu y del intelecto, y recortar el tiempo que se les dedica sería disminuir las posibilidades que tienen para desarrollarse plenamente, y para esto, para el desarrollo espiritual e intelectual pleno, no vale cualquier cosa, es decir, sólo valen la historia, la pintura, las matemáticas, la lengua y unas pocas más, mientras que, por el contrario, no parece que haya forma de discernir cuales de todas las actividades de tipo práctico que existen son las más idóneas para ser enseñadas en la escuela.
Cosa distinta es eso del prestigio social que aporta un título universitario (si es de ingeniero o médico mejor, claro, ya se sabe), así como el hecho de ser culto. Esto no tiene mucho que ver con aprender con placer las materias concretas que los buenos profesores enseñan. Una de las peores cosas que uno puede hacer es pretender ser culto o estudiar para ganarse un prestigio. Al culto su cultura le reporta placeres de la misma manera que al capitalista se los dan sus riquezas, ambos persiguen (y a menudo consiguen) epatar.

Por otro lado, no creo que tener una buena autoestima y saber expresar los sentimientos propios ayude a aprender y a ser curioso, como sostienen los psicopedagogos. Al menos a mí nunca me ha ayudado a aprender ni a tener más curiosidad por nada, pero también es verdad que nunca le he dado mucha importancia a eso de la autoestima. Pero tampoco creo que sea el caso de los que más y mejor aprenden ni de los que, justamente para ello, mantienen una curiosidad genuina a lo largo del tiempo, pues estos, entre los que se encuentran los que verdaderamente aportan alguna cosa de valor a la literatura, el arte o la ciencia son, muchas veces, unos inadaptados sociales, tienen la autoestima por los suelos o son incapaces de expresar sus sentimientos en público.
Esto no quiere decir que, si un niño cree que es un tonto que no sirve para nada o se muestra incapaz de expresar mínimamente lo que siente, no haya que ayudarle también en la escuela. Pero eso de que cuanto más alto tengamos la autoestima todos, niños y mayores, mejor, siempre me ha parecido un error, porque, además de sonar muy vacuo y cursi, nace de la "ética del self" (los primeros libros que hablaron de la autoestima fueron los libros de autoayuda anglosajones), que es mucho peor que la "ética de la perfección", es decir, la idea de que uno debe intentar siempre ser mejor de lo que es, porque buenos, buenos, lo que se dice buenos, a poco que nos miremos con un poco de honestidad, no somos nadie.

sábado, 9 de julio de 2016

                                                 La cuadratura del círculo

domingo, 20 de marzo de 2016

                                         El traje nuevo del emperador


“Este es un anuncio para megafonía”, dijeron por megafonía y no añadieron más. El niño que iba agarrado de la mano de su padre preguntó: “¿Quién es Megafonía?” El padre contestó que Megafonía no era nadie, que se habían confundido y que, en realidad, habían dicho eso para probar el sistema de megafonía.
El niño dudó un momento y a continuación gritó: “¡No es verdad!”, y la gente que había en el andén, que estaba mirando y acariciando con los dedos las pantallas de sus teléfonos móviles, se volvió para mirarlo. “Sabíamos”, prosiguió el niño, “que el medio era el mensaje, pero ahora debemos asumir que también es el receptor”. El padre, avergonzado por las miradas burlonas y asustadas, tapó la boca a su hijo, pero éste se zafó y aún alcanzó a decir algo más: “¿En qué lugar quedamos entonces nosotros, los humanos, frente a las máquinas? ¿Acaso no veis que somos un apéndice suyo, que no nos servimos de ellas sino que son ellas las que nos controlan?”
Algunos se reían al escuchar al niño; otros, los que se tenían así mismos por hombres libres, agachaban la cabeza y seguían mirando sus móviles.

domingo, 28 de febrero de 2016



                                                 La reificación del mundo

lunes, 12 de octubre de 2015

                Los tiempos avanzan una barbaridad


Abrí el periódico por la primera página y me topé con la fotografía enorme de una niña tumbada boca arriba en su cama, la habitación a oscuras, y sosteniendo con las manos una tablet que le iluminaba la cara. Apple, decía el pie de foto.

La abuela de esta niña se arrodillaba todas las noches a los pies de su cama y rezaba fervorosamente. La niña, en una posición más cómoda, toma a Dios entre sus manos para que la hable directamente.

miércoles, 15 de julio de 2015


Contra El Progreso

A Javier Sampedro, quien, por lo demás, es un periodista excelente que escribe sobre ciencia y tecnología (no en vano, es Doctor en biología y publicó un artículo en la prestigiosa revista Nature), se le deben fundir las neuronas con el calor del verano. No hay más que leer sus últimos artículos en la revista de verano de El País.
Estas idas de olla no son nuevas en él, pues hace justo un año escribió un artículo sobre el futuro del conocimiento del cerebro humano (http://cultura.elpais.com/cultura/2014/07/18/actualidad/1405698395_676309.html) del que entresaco el último párrafo: “De la comprensión del cerebro emergerá un cambio todavía más profundo [social, económico, artístico, según se deduce del párrafo precedente]. Las interfaces entre el cerebro y la máquina —que de hecho ya existen, con los implantes cocleares y las retinas artificiales— mejorarán como el amanecer mejora a la penumbra, y nos permitirán no solo ayudar a los discapacitados, sino también multiplicar nuestras capacidades naturales, conectarnos a Google con la mente y mover objetos a medio planeta de distancia. Por mentira que les parezca a algunos, nos volveremos más listos. Más listos incluso que el filósofo Searles”.
Yo no sé si querría multiplicar mis capacidades naturales, hace tiempo que me acostumbré a mi propia estupidez, pero sí sé de alguno con mando en plaza (qué expresión tan anticuada ésta, casi tanto como la realidad a la que se refiere, pues los parlamentos ya no son esas plazas desde las que se debería ejercer el poder delegado de los ciudadanos: no sirven más que para encubrir el verdadero poder que nos gobierna suavemente, seduciéndonos), sí sé de alguno, decía, que, por el bien de todos, debería mantenerse lejos de esos avances tecnológicos, no fuera a ser que de tan listo que se volviera no nos diéramos cuenta y nos llevara a todos encantados hacia el abismo. Sería como lo de ahora pero sin poder ejercer el derecho al pataleo por incapacidad propia más que por ausencia de este derecho. Y una prueba indirecta de que aún no ha llegado ese esplendoroso futuro de inteligencia maximizada sería que, al menos en España, el Gobierno sigue empeñado en recortar también el derecho a protestar (la Ley Mordaza recientemente aprobada es un ejemplo claro de ello) y muchos de nosotros seguimos dándonos cuenta, así que, como dicen en mi pueblo, “aunque tontos, no del to”.
Alguien podría replicar que, cuando la tecnología esté disponible en ese futuro tan prometedor y cercano que dibuja Javier Sampedro, lo estará para todos y entonces no sólo se harán más listos los que controlan nuestros designios –éstos, lo reitero, no se encuentran en los parlamentos- sino también nosotros, los súbditos. Ciertamente en este escenario todo sería más o menos como ahora, aunque sospecho que la posibilidad de hacerse más listo estaría ligada a la capacidad adquisitiva de cada cual, y entonces no ocurriría aquello de que los últimos serán los primeros, como dijo Jesús, sino que los últimos se quedarían más atrás y serían los primeros los que disfrutasen de las ventajas de la inteligencia inducida antes que nadie y en todo momento, y así habría inteligencias 1.0, 2.0, etc, disponibles según el dinero de cada uno. De esta suerte, el grotesco escenario en el que todos avanzamos hacia el matadero cantando alegremente una canción que ni siquiera hemos elegido vuelve a aparecer como el más probable.
De todas formas, y para empezar, habría que saber en qué consiste eso de ser listo o inteligente. Un positivista (Javier Sampedro parece a menudo un individuo de esta especie) echaría mano del Coeficiente Intelectual o cosas parecidas para intentar explicarlo, claro, pero mucho me temo que no todas las capacidades de la mente son medibles y se me ocurre, por ejemplo, la que consiste en distinguir entre el bien y el mal y obrar en consecuencia, sencillamente porque no es posible saber a priori qué es el bien o en qué consiste el mal. Creo que si los humanos nos concentrásemos en cuestiones morales, incluso asumiendo nuestras limitadísimas capacidades naturales, podríamos hacer mucho más por eso que llaman Humanidad que dando la bienvenida de forma acrítica a los avances de la tecno-ciencia. Y además, para que este mundo fuera un lugar digno, digo, deberíamos tener verdadero interés por la política y obrar también en consecuencia.
No utilizar nuestra capacidad crítica para evaluar los avances científico-técnicos resulta esencial para abrazar el progreso jubilosamente, como resulta esencial para abrazar cualquier otra religión en general. Como dice Fernando Savater en su libro Los invitados de la princesa: “los mediocres y los indolentes siempre esperan su absolución por medio de la técnica: a veces la consiguen y lo llamamos progreso”.

jueves, 9 de abril de 2015

Un juego de mayores
                                                 (Basado en un juguetito real)

Mi hijo devoró el huevo de chocolate y después abrió el huevo de plástico amarillo que había encontrado dentro del primero. Sacó las piezas del juguetito y comenzó a montarlo. Cuando acabó nos quedamos mirándolo extrañados: sobre una pequeña peana se sostenía una pieza vertical plana que estaba atravesada de arriba abajo por una estrecha hendidura sinuosa; en la base, una pequeña plataforma estaba encajada en la hendidura y sobre ella había un cartoncito doblado que tenía a ambos lados el mismo dibujo de un preso, con su traje a rayas característico; y en la parte alta, donde acababa la hendidura, había un aro azul un poco más grande que el trozo de cartón doblado.
Él en seguida se puso a jugar con aquel artilugio absurdo. Cogía con dos dedos la plataforma y la empujaba por el camino marcado teniendo cuidado de que no se cayera el cartoncito con la figura que iba encima. Al llegar al final empujaba al preso, que atravesaba el aro y caía al suelo. Y vuelta a empezar.
Cuando llevaba un rato jugando le dije: “Qué juego tan tonto, hijo ¿por qué no lo dejas?”, “No papá, es muy divertido y además es de mayores”, me contestó. ¿Cómo? Le pedí que me explicara lo que quería decir y me dijo que no había que tratar de entender el juego literalmente, pues los presos no se entretienen por el camino dando vueltas y más vueltas cuando tratan de escapar, pero sobre todo al final de su huida no tienen que pasar por ningún aro de color azul. Por tanto, ¿qué sentido tendría colocar un aro al final? Es evidente, continuó mi hijo, que el preso no necesita pasar por ningún aro porque la escapada es un acto secreto del que no debe rendir cuentas a nadie, si es que quiere conservar su libertad, y que se realiza sin seguir las indicaciones de nadie, como no sean las de sus compañeros de huida, si los hubiera, pero que en todo caso dichas indicaciones, que además pueden ser mutuas, serían lo contrario de lo que significa “pasar por el aro”. Por otro lado, tampoco nadie que no fuera el preso pondría un aro en la salida, porque nadie conoce el camino de un preso que consigue escapar. Claro que, si alguien conociera las intenciones de un preso y pusiera un aro azul justo al final de su escapada, se me ocurre, prosiguió mi hijo, que el fin sería ridiculizarlo antes de apresarlo de nuevo. Esto sonaba muy raro.
Así que a aquel juego había que buscarle otra explicación. Mi hijo sonrió levemente y dijo: “Papá, este preso puedes ser tú o cualquier persona mayor”. Sí, por lo visto, los adultos nos entretenemos dando vueltas por caminos previamente trazados por otros creyendo muchas veces que los elegimos nosotros y que al final -y en ocasiones con grandes esfuerzos- creemos alcanzar nuestras metas. Pero ¿el aro azul para qué sirve? Pues, siempre según mi hijo, para convencernos a nosotros mismos y a los demás de que hemos alcanzado la meta, a la manera en que el domador hace pasar a sus fieras por el aro al final de un espectáculo.

martes, 6 de enero de 2015

                               Mirando al cielo


                                                         Navegando entre nubes



                                                          Primavera inesperada



                                                              Artificio natural



                                                              ¿Un solo rostro?

viernes, 2 de enero de 2015


Hay un cartel luminoso en una peluquería de la Gran Vía de Madrid que cada quince segundos grita a la cara de los consumidores una verdad que no parece incomodarlos: SOLEDAD.

lunes, 14 de julio de 2014

(Al filo del mañana)
Hace tiempo Rosa Montero publicó un artículo titulado Un triunfo con sufrimiento al fondo (http://elpais.com/elpais/2013/08/16/eps/1376660829_275054.html), en el que hablaba de Juan Pedro Gómez, el hombre que pasó de ser parado de larga duración a millonario gracias al Pasapalabra. Desde luego que en la historia de este hombre uno puede reconocer, como dice Rosa Montero, una gran ambición, así como originalidad de pensamiento y confianza en sí mismo. También hay otros elementos, como la fe en la capacidad de aprendizaje y sacrificio y la disciplina, que llamaron la atención de la escritora.
Pero una cosa es reconocer los elementos que componen la historia de Juan Pedro Gómez, historia que agradará especialmente a los que disfruten con los relatos épicos y con final feliz, y otra muy distinta afirmar que "su historia es una parábola ejemplar para esta España en crisis: trabajador en paro que, con imaginación y esfuerzo, consigue hacerse millonario", porque ahí se nos cuela de rondón todo un principio ideológico que a mí me parece de lo más venenoso. Desde luego no es un principio nuevo ni original, pues hace tiempo que lo importamos de EEUU, pero creo que de la aceptación de este tipo de principios por toda clase de gente -y no sólo por la que compone la clase media alta, en la que quizás lleva más tiempo implantado, aunque seguramente de forma hipócrita- depende en parte que vayamos a salir de esta crisis como una sociedad menos desigual o, por el contrario, como un simple conjunto de individuos, es decir, sin sociedad o con los restos de esta.
Cuando Rosa Montero dice que Juan Pedro Gómez es un héroe y que su historia es ejemplar, lo está ensalzando como ejemplo a seguir por los demás, pero hay que tener muy claro que lo que de verdad se está proponiendo es la lucha individual por la supervivencia. Digo "supervivencia" porque no es posible sostener que con imaginación, ambición, esfuerzo, espíritu de sacrificio y confianza en uno mismo, todos podemos ser millonarios o directores financieros de alguna empresa, que son los dos ejemplos de los que habla en su artículo.
También le sirve a Rosa Montero la historia del parado convertido en millonario para ilustrar eso que afirma al principio: "Todos los que ya tenemos cierta edad sabemos que en una vida siempre hay varias vidas", pero más concretamente "...lo que demuestra Juan Pedro es que es posible reinventarse y cambiar de existencia". No creo que a estas alturas de la (pos)modernidad haga falta que nadie venga a demostrarnos que es posible reinventarse, reciclarse y cambiar de existencia, sin embargo, lo que deberíamos preguntarnos es si de verdad es deseable y en todo caso, si lo es, de dónde surge ese deseo.
Ahora, casi un año después de que apareciera este artículo, me acuerdo de una película reciente que tiene a Tom Cruise como protagonista heroico, Al filo del mañana, que por supuesto no he visto, cuyo eslogan publicitario era simple pero muy revelador: “Vive. Muere. Repite”. Si Rosa Montero no ha visto esta película, alguien debería recomendársela, pues tal parece que los guionistas se hubieran inspirado en sus ideas o ¿será al revés?


                                        

jueves, 10 de julio de 2014

Los textos que siguen nacieron con la intención de ser publicadas como Cartas al Director de algún periódico, pero no encontraron su destino porque fueron rechazadas o porque me cansé de enviarlas. Al menos aquí encuentran un lugar:



(La ética de El Corte Inglés) 
Estos días se puede ver por las calles y en el metro de Madrid un anuncio de El Corte Inglés, aunque probablemente se esté también administrando a través de la radio y la televisión, en el que aparecen varios motivos navideños apelotonados en forma de caja-regalo y una frase que dice “Regala Navidad”. No se intenta persuadir a nadie para que compre un bien o un servicio determinado y, por tanto, en rigor, se nos dice que no compremos nada, que “Regalemos Nada”, ya que La Navidad es algo que no se puede regalar. Sin embargo, ese “Regala Navidad” apenas puede disimular el grito que lleva dentro: “¡Regalad en Navidad!”, es decir, “¡Consumid!”, eso sí, desde la primera persona del imperativo para que sintamos el trato individual que todo cliente, aunque sea potencial, merece y no creamos que se dirigen a nosotros como a miembros indiferenciados de una masa, no, que eso sólo ocurre en países totalitarios. Pero no deberíamos sorprendernos ni ofendernos por esto, pues, como todo iniciado en economía sabe y tantas y tan excelentes escuelas de negocio enseñan, el consumo es, en buena medida, lo que hace ricas a las naciones. Aunque el consumo es también producción gracias a la publicidad, o ¿acaso hace algo distinto esta industria, la de la publicidad, que producir consumidores?
No acaba ahí lo que El Corte Inglés, honestamente, quiere expresar. Ese mensaje trata de recordarnos que lo importante de un regalo de Navidad no es el regalo en sí mismo, sino el sentimiento que hay detrás, pues, como todo el mundo sabe o debería saber, la intención es lo que cuenta. Así que, volviendo al principio, como lo importante es la idea o el sentimiento y lo de menos es el regalo concreto que hagamos, parece que la interpretación literal del mensaje “Regala Navidad” como “Regala Nada” también es adecuada.
Pero más allá de minucias teóricas, alguien debería agradecer a El Corte Inglés tanta contribución ética por estas fechas.

Diciembre de 2011


(Ciencia y capitalismo)
Comienza José Manuel Sánchez Ron su artículo “Ganar el futuro a través de la ciencia”, publicado por El País (http://elpais.com/elpais/2012/04/26/opinion/1335435793_896878.html), citando a Bernardo Houssay: "El desarrollo científico es condición de libertad, sin él se cae en el colonialismo político, económico y cultural; además se vive en la pobreza, ignorancia, enfermedad y atraso. Estamos en una era científica y la ciencia es cada vez más importante en la sociedad y rinde más y mejores frutos. Es indispensable su cultivo para que un país tenga bienestar, riqueza, poder y aun independencia". En primer lugar los países no caen en los mencionados colonialismos por mera falta de desarrollo científico, antes bien, y especialmente hoy en día, son los países que fabrican el armamento más mortífero gracias a la tecno-ciencia los que establecen relaciones más injustas con los que han desarrollado menos dichos aparatos de destrucción o no los han desarrollado en absoluto (esto es una obviedad histórica). Además, de los cuatro jinetes del apocalipsis (pobreza, ignorancia, enfermedad y atraso) que, según el autor de la cita, también tienen su origen en la falta de desarrollo científico, yo solo coincido con uno: la enfermedad, y tampoco todas las enfermedades, pues ¿qué decir de las "enfermedades del alma" originadas precisamente, o al menos potenciadas, por la sociedad hipertecnificada en la que vivimos?
Acerca del primero de los otros tres males, la pobreza, creo que es un concepto relativo, como de hecho es bien sabido por la antropología, por contraposición al concepto de riqueza que una sociedad tiene. El concepto de riqueza dominante en la mayoría de las teorías económicas, al menos desde  Adam Smith, concuerda efectivamente con lo que Bernardo Houssay dice sobre la ciencia, esto es, que "es cada vez más importante en la sociedad y rinde más y mejores frutos". Creo que concuerda porque desde un punto de vista económico da igual que dichos frutos salgan de la industria armamentística o que lo hagan de la industria farmaceútica; y este punto de vista económico es el único posible desde el que interpretar dicha frase, ya que de otra forma no se entendería que calificara positiviamente los frutos que da, por ejemplo, la mencionada industria armamentística. En otras palabras, se está defendiendo la idea de que cualquier avance científico o tecnológico es también un progreso social.
Sobre la ignorancia y el atraso, no merece la pena siquiera mencionar alguna de las muchas sociedades humanas con ricas y variadas culturas que han existido y que sin embargo no han contribuido o han contribuido muy poco al desarrollo científico, pues el conocimiento científico es sólo una rama del saber.
Que vivamos de hecho en una "era científica", no implica que, de derecho, tenga que ser así. El ámbito político es el único en el que deben dirimirse los asuntos humanos que atañen a las comunidades. Sobre la definición de las eras en el ámbito de la Historia Natural decía el gran paleontólogo Stephen Jay Gould que no es verdad que vivamos en la "era de los mamíferos", ni siquiera en la "era de los animales" por grande que sea la diversidad biológica de este reino; vivimos, desde que empezó la vida en la Tierra, en la "era de las bacterias" sea cual sea el criterio que se elija para definir las “eras de la vida” (La grandeza de la vida, Editorial Crítica). Usando esto como símil podríamos decir que, aunque vivir en la "era de la Política" quizá no fuera del todo deseable, sería un gran error pretender vivir en la "era de la Ciencia", pues podríamos acabar convertidos en algo totalmente distinto a lo que somos, y de hecho por ese camino vamos. No es que lo diga yo, es que lo dicen -con incomprensible entusiasmo-, por ejemplo, eminentes genetistas cuando hablan de que el día de mañana será posible tener alas o vivir eternamente.
Sánchez Ron reclama la política para "hacer hincapié en el valor de programas específicos de investigación y desarrollo, asociados a necesidades socioeconómicas concretas", y esto me parece bien, pero creo que se queda demasiado corto. Sería un gran error limitar la acción política a ese terreno, porque eso implicaría dejar las cosas como están en el terreno de la economía (como esfera separada de la política), que es donde se ponen en juego los resultados técnicos que se derivan de los avances científicos. Si desde la política no se establecen reglas económicas menos despiadadas –y no solamente en el campo financiero, lo cual es cada día más perentorio- que las que vienen dominando nuestras vidas, creo que lo menos importante será abanderar la Ciencia como motor del Desarrollo, porque al Desarrollo le ocurre como a la Historia, que lo que más le importa es su propio avance, el cual está por demostrar que sea un avance propiamente humano, esto es, un progreso. Desgraciadamente la cita de Gabriel García Márquez en el artículo de Sánchez Ron va también en esta línea de ensalzamiento de la Historia Universal cuando dice (en 1985): "medio mundo celebrará el amanecer del año 2001 como una culminación milenaria".
Para terminar transcribo una cita del economista José Manuel Naredo, que creo viene a responder de alguna manera a los entusiastas de la ciencia como motor último de las sociedades del siglo XXI:
"Después de ver porqué y cómo la ley de la entropía rige no sólo para la energía sino también para los materiales, cabe concluir que la manipulación inevitablemente conjunta de ambos debe guiarse por criterios económicos y no sólo técnicos. Detrás de los límites que la tecnología impone a tales manipulaciones, debe levantarse otra frontera más estricta que valore el interés económico de las mismas. Pues si el hombre ha conseguido a nivel experimental romper y construir átomos y moléculas o fabricar nuevos materiales que no existían en la naturaleza, se impone considerar si resulta posible y económicamente pertinente generalizar la aplicación de tales experimentos a escala planetaria como instrumentos útiles para mantener y enriquecer a la especie humana. La ciencia económica debería preocuparse de sentar el aparato conceptual y teórico necesario para analizar estos aspectos, que los practicantes de las ciencias de la naturaleza, en la euforia de sus conocimientos parcelarios, suelen perder de vista. Lo cual, con el apoyo de estados o empresas que no acostumbran a razonar a este nivel de globalidad, sino a otros mucho más parciales e insolidarios de una ciencia económica servil a estos enfoques, ha llevado a que un puñado de países industrializados desarrolle tecnologías cuya aplicación generalizada puede ser incompatible con el mantenimiento de la biosfera y de la especie humana." (La economía en evolución, Editorial Siglo Veintiuno).
                                                                                                                      Abril de 2012


(La educación española)
Luis Miguel Santos Unamuno escribió hace unos días en el periódico (Presente contra futuro, El Pais, 10.12.2013: http://elpais.com/elpais/2013/12/09/opinion/1386606812_978423.html) ciertas opiniones sobre la Educación en España que me gustaría comentar. Me parece que presentar, como hace él, las dos posibles causas del fracaso educativo en España como excluyentes: o el sistema educativo o la sociedad, es un error, pues resulta evidente que ambas causas forman parte del origen del problema y además están relacionadas. Una buena prueba de esto la vamos a experimentar muy pronto por desgracia, pues la LOMCE entrará en vigor y la calidad de la educación caerá aún más, entre otras cosas por el enorme recorte presupuestario que va a suponer esta ley con respecto a la anterior, por mucho que el señor Ministro se empeñe en negarlo, pero no sólo por esto. Como la sociedad no va a cambiar en tan poco tiempo, no será achacable a ésta el previsible empeoramiento de la Educación (de hecho esto es lo que viene ocurriendo desde hace años en Comunidades como la de Madrid, que ha sido pionera en algunas de las medidas que ahora introduce la nueva ley estatal). Conclusión: el sistema educativo, que incluye cuestiones tan de detalle pero tan importantes como son el número de becas, cómo se reparten y su cuantía, influye y mucho en la calidad de la Educación.
De todas formas, si yo estuviera equivocado y resultara que, como dice Luis Miguel Santos Unamuno, la causa fundamental y única del estado de la Educación se debe a la sociedad española, en contraste con la sociedad finlandesa, esa gran triunfadora, entonces el autor debería haber concluido en buena lógica a la manera del otro Miguel de Unamuno, el filósofo, diciendo: "Que inventen ellos", pues a esta alturas de la Historia el caso español debería darse por perdido.
Además, en un inusitado ejercicio de retórica, el autor relaciona, entre otras cosas, el absentismo escolar (un 25% en el instituto en el que trabaja Santos Unamuno, aunque él también se abstiene de informarnos acerca de la representatividad de dicha cifra en relación con el resto de centros existentes) con el absentismo laboral (ausencia de datos por su parte, aunque me temo que el dato real queda muy lejos de ese 25% de absentismo escolar con el que se pretende comparar) o incluso con los trabajos en la economía sumergida, estos últimos elegidos, como todo el mundo sabe, tan libremente como se elige faltar a clase, así como con resultados y consecuencias equiparables. Lo que sí es un 25% (un 20% según las estimaciones más optimistas) es el porcentaje de la economía sumergida con respecto al PIB, pero resulta que los máximos responsables de esto son los patronos y no sus empleados, ya que, según los datos de los Técnicos del Ministerio de Hacienda, alrededor de un 75% de esa economía sumergida se debe a medianas y grandes empresas que facturan más de 6 millones de euros al año. Pero parece que con sus ejemplos Santos Unamuno ha querido distorsionar la realidad para intentar convencernos de forma torticera de que la inmoralidad del alumno que hace novillos, que se supone consiste en faltar a su deber de asistir a clase, es sin más imitación de la inmoralidad de la persona cercana al chaval que decide trabajar en la economía sumergida.
Diciembre de 2013

(La libertad de Vargas Llosa)

Leí un artículo de Mario Vargas Llosa en El País (http://elpais.com/elpais/2014/01/24/opinion/1390564257_262878.html) y, aunque no es la primera vez que escribe cosas así ni probablemente la última que yo las lea, no dejó de sorprenderme y de indignarme, porque además seguro que hay gente que, como escribe tan bien y es que, claro, es VARGAS LLOSA, todo le parece estupendo. Decía, por ejemplo, "...en las democracias más avanzadas, donde, con diferencias más de matiz que de esencia, entre democristianos y socialdemócratas y socialistas, liberales y conservadores, republicanos y demócratas, hay unos consensos que dan estabilidad a las instituciones y continuidad a las políticas sociales y económicas...", y uno no sabe si se está riendo de uno, o no se ha parado a pensar lo que ha escrito, o se refiere a algún tipo de continuidad discontinua.
Además el azar ha querido que hoy yo haya releído una reflexión de Sánchez Ferlosio en su libro Vendrán más años malos y nos harán más ciegos (Editorial Destino) que dice así: "Pasiones y principios tienen de común la irresponsabilidad de no reparar en consecuencias. ¿Acaso Fiat iustitia et pereas mundus es menos ciego y absoluto que Right or wrong my country? La sospecha de que un principio puede no ser, a la postre, más que una pasión aumenta al considerar que el primer -o último- juicio parece que tiene que ser necesariamente, por su sola posición, un juicio de valor. Y ahora, al mirarlas por segunda vez, encuentro que las dos consignas ponderadas están insospechadamente próximas." Pues eso, que si en lugar de Que se haga justicia, aunque perezca el mundo, Sánchez Ferlosio hubiera escrito lo que afirma Vargas Llosa hacia el final de su texto: La libertad, valor supremo, es una e indivisible y que ella debe operar en todos los campos para garantizar el verdadero progreso, el sentido no habría cambiado lo más mínimo.

                                                                                                          Enero de 2014